¿Cómo afecta una mala toma de decisiones la imagen profesional?

Cada minuto nos vemos expuestos a tomar decisiones. Algunas de ellas son precipitadas, irracionales y provocan sentimientos de arrepentimiento, vergüenza y desconfianza. Otras se meditan más y pensamos claramente en las posibles consecuencias, lo que ocasiona que sentimientos como tranquilidad, seguridad y confianza invadan nuestro cuerpo.

No existe un método exacto para tomar buenas decisiones. Tampoco existen milagros o actos mágicos o de los astros que nos ayuden a “leer el futuro” y a tomar, siempre, las decisiones correctas. En cambio, lo que sí existe y que podemos desarrollar aún más, es nuestra capacidad de previsión y nuestra voluntad para así convertirnos en sujetos más activos que reactivos.

Imagina que hoy amaneciste con dolor de cabeza y te sientes deprimido. En ti está el poder para elegir si, a pesar de eso, te sientes bien contigo mismo o no, para ser más inteligente y pensar qué consecuencias puede traerte tu actitud positiva o negativa.

Esa misma actitud la proyectas a través de tu imagen profesional a tus clientes, compañeros de trabajo, jefe, proveedores, etc. Y tú, nadie más que tú, eres el único responsable del resultado que otros obtienen como consecuencia de lo que tu presencia física, voz, lenguaje corporal, mensajes escritos, etc. dicen de ti.

¿Qué puedo hacer, entonces, para obtener decisiones de las que no me sienta arrepentido?

  1. Observar el problema ¿Qué está pasando realmente?
  2. Definir el problema ¿Qué explicación(es) tentativa(s) verosímil podría dar?
  3. Consecuencias posibles ¿Si decido de forma “x” o “y” cómo afecta mi imagen profesional?
  4. Elegir la solución más racional y benéfica.
  5. Fijar estrategias.
  6. Actuar.
  7. Evaluar los resultados.

Este proceso, no método, ayudará a estimular la imaginación y la creatividad adelantándose a los posibles escenarios de la forma más racional posible, sin garantizar quizá que sea la mejor decisión pero sí algo que nos haga sentir más tranquilos y reducir el estrés.

¿Qué ocurre, por ejemplo, cuándo tenemos que cambiarnos a una casa que está más cerca de nuestro trabajo pero no queremos hacerlo por qué la actual nos gusta más?

En esos casos, nos dejamos guiar por el corazón y tomamos decisiones con base a gustos y, tal vez, caprichos personales, pero no se considera la distancia, el tiempo invertido en el tráfico de la ciudad y el estado anímico que podría afectar y poner en riesgo nuestra imagen profesional.

Es cuestión de poner en una balanza y ver más allá, ser más inteligentes y pensar en presente pero viendo hacia el futuro.

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